viernes, 8 de julio de 2011

La verdadera Historia de Rodrigo Fliflí

Rodrigo Fliflí, como todos ustedes sabrán, fue el inventor del spray insecticida. Su invento es mundialmente conocido y hoy se usa por gentes de todas las latitudes para librarse de los bichos molestos. Legendarias son las historias del esquimal daltónico que mató un oso con un insecticida, o de la señora de la limpieza que liquidó a un banquero de igual modo… Aunque esta última se encuentra en entredicho, pues hay quien afirma que al banquero se lo comió un fajo de billetes demasiado crecido… hechos, por cierto, que no nos conciernen en absoluto.

Rodrigo Fliflí nació a principios de mil ochocientos en Pencilvania, ciudad famosa por las cruentas leyendas de lápices carnívoros que aún hoy siguen provocando terror entre los más jóvenes y dando dinero a los magnates de Hollywood.

En edad aún bastante joven, en torno a mil novecientos veinte, no habiendo sido distinguido todavía como una de las jóvenes promesas científicas del panorama mundial del siglo XXI, se doctoró en bioquímica y filatelia, lo cual pilló desprevenidos a sus padres, que siempre le habían tenido por un completo inútil. Ocurrió una noche mientras el feliz matrimonio cenaba junto a la chimenea. Rodrigo entró en la casa lleno de júbilo.

-¿No decías que había dejado el alcohol? – preguntó el padre a su esposa.

Pero el vástago no se hallaba jubiloso por culpa de sustancias organolépticas, sino por sus logros académicos, y decididamente le entregó los resguardos que le habían dado por la efeméride.

La impresión paterna fue tal que el cadáver de papá Fliflí fue enterrado al día siguiente en el cementerio del pueblo y dos días más tarde se leyó el testamento en el que el difunto legaba todas sus pertenencias a la Asociación de Petanca de Pencilvania porque, y cito textualmente, “un inútil del calibre de mi hijo no merece que le deje ni un duro en herencia”.

Los miembros de la Asociación de Petanca de Pencilvania agradecieron el gesto, pero nunca supieron cómo hacer frente a las numerosas deudas legadas, ni tampoco en qué lugar del recibidor colocar a aquella viuda que lo único que hacía era repetir: “Es doctor… es doctor… es doctor…”. Tres meses más tarde la Asociación de Petanca de Pencilvania se disolvía y, aunque parezca mentira, no tuvo nada que ver con lo hasta ahora narrado. Según cuentan las malas lenguas, una noche, mientras paseaba por un sendero oscuro y ominoso, el presidente de la asociación fue atacado y devorado por uno de los terribles lápices carnívoros que ya por entonces estaban considerados como patrimonio nacional y se habían convertido en una de las principales atracciones turísticas de la zona. Aunque hay quien cuenta que en realidad fue un fajo de billetes enorme que ya había devorado a un banquero con anterioridad.

Todo esto nos desvía asombrosamente de la vida de Fliflí, que en aquella época trabajaba en un laboratorio químico pestilente, construido sobre un hormiguero indio. Tan cansados estaban él y su ayudante de tener que enfrentarse a las hormigas a diario que decidieron inventar el primer insecticida de la Historia. Pero, como suele pasar, aquel primer intento falló. No sólo eso: las hormigas rociadas con tal producto crecieron hasta el punto de que un día devoraron al ayudante de Fliflí. Nuestro protagonista se salvó porque las hormigas temieron que tanta estupidez pudiera ser contagiosa y decidieron marcharse de allí, provocando el caos en la ciudad y rompiendo la cadena alimenticia de la zona: Aparte del ayudante de Fliflí, algunas vacas y dos gallinas, se comieron a todos los lápices carnívoros y dicen que habrían arrasado con otras especies autóctonas de no ser porque un fajo de billetes demasiado crecido se las zampó a ellas. También dicen que después de la comilona el fajo se fumó un puro, le cayeron algunas cenizas en los billetes de abajo, estos se prendieron y murió calcinado. Pero esto suena un poco irreal, la verdad.

Fliflí fue desterrado de Pencilvania por destrucción del patrimonio nacional, de modo que se instaló en París, cosa muy propia de los genios desterrados. Allí conoció a Lenguaraz Gabacho, quien fue su ayudante durante dos productivos años, en los cuales Fliflí alcanzó sus primeros éxitos.

Al finalizar el segundo año, Fliflí y Gabacho se introdujeron en una habitación llena de insectos dispuestos a experimentar con su nuevo insecticida, y empezaron a rociar a diestro y siniestro. El resultado fue mediocre. Fliflí calculó enseguida que aquel producto sólo tenía un cincuenta por ciento de efectividad, cosa que corroboró al ver a Gabacho cayendo desplomado sin vida. Aquello hizo reflexionar a Fliflí, que no tardó en darse cuenta de que si en dos años había logrado una efectividad del cincuenta por ciento, en otros dos alcanzaría el cien por cien, lo cual le llevó a la euforia. Lamentablemente la viuda de Gabacho se empecinó en no alegrarse y demandó a nuestro protagonista, que pasó seis meses en la cárcel. Le pusieron en libertad, según dictó la sentencia absolutoria, porque “tanta estupidez no cabía en una cárcel tan pequeña”.

Fliflí consiguió un nuevo ayudante (la verdad, no se sabe muy bien de dónde los sacaba), un tal Pronos Supino y trabajó con él dos años, al cabo de los cuales repitió el experimento realizado con Gabacho. Esta vez, por precaución, entraron en la habitación protegidos con máscaras antigas. Aplicaron el insecticida y… Como bien había calculado, logró alcanzar una efectividad total. En cambio, cuando el señor Supino se estampó inerte contra el suelo, Fliflí llegó a la conclusión de que las mascarillas antigas de aquella época tenían un cincuenta por ciento de efectividad. Convicción que le acompañó profundamente toda su vida.

Logrado su objetivo de crear un spray insecticida plenamente eficaz, decidió venderlo a una empresa de limpieza. Se recorrió Estados Unidos de este a oeste en una camioneta roja, que es lo que hay que hacer cuando quieres vender algo alguna empresa, pero nadie quiso comprar su producto. Los argumentos para el rechazo se movían en dos líneas: por un lado el de que las amas de casa disfrutaban matando a los insectos a zapatillazos, creencia tan infundada como extendida, y un insecticida les haría perder momentos de júbilo y disfrute; por otro lado, el de aquellos que ponían peros al hecho de que el insecticida fuera tan eficaz con los insectos como con los humanos.

Por suerte, el primo del vecino de la viuda de Lenguaraz Gabacho era amigo de un estudiante que conocía a John Money, un hombre que trabajaba para una multinacional farmacéutica que estaba desarrollando productos contra el cáncer. Mister Money, al enterarse del invento de Fliflí, vio la oportunidad de hacer dinero.

El trato fue el siguiente: Fliflí tenía que hacer que el insecticida no matara a humanos, sólo tenía que producir cáncer a medio o largo plazo. Mister Money ya se encargaría de vendérselo a las empresas de productos de limpieza.

Fliflí consiguió lo que se le pedía, tras sacrificar dos años y un ayudante más (Dondevás Soidiota), y su socio cumplió con su palabra. Fliflí se enriqueció al tiempo que las acciones de la multinacional para la que trabajaba Money subieron.

Después no volvió a ocurrir nada interesante en la vida de Fliflí. Fue un millonario más, con una aburrida vida de millonario: Se hizo monje budista, se salió, es metió en una secta de adoradores de melones silvestres, se salió, se hizo socio del Atleti, se salió… Se casó diecisiete veces y sorprendentemente enviudó dieciocho, siendo todas sus esposas asesinadas en extrañas circunstancias en noches de luna llena… Vamos, las típicas rarezas de los millonarios…

Tras una larga e intensa vida, Fliflí murió en su pequeño apartamento de Oslo, donde había vivido siempre, rodeado de sus seres queridos, enfermo del hígado… ah, no, ¡espérate!, que aún vive.

martes, 4 de enero de 2011

No dejes de cantar

-No dejes de cantar... – le dijo. – Hay quien necesita esperanza.

Y aunque lo perdió todo, aunque en su alma sólo hay dolor, desde aquel día el cantante no ha dejado de cantar.

Canta al amanecer.

Canta a mediodía.

Canta al anochecer...

Canta cuando está alegre (rara vez) pero, sobre todo, canta cuando no quiere cantar; cuando la voz no quiere salir, cuando se le parte el alma... Canta cuando tiene ganas de llorar.

Canta para cumplir con su deber.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Jiménez el charlatán

Javier o Xavier Jiménez tuvo mucho éxito muy pronto, a pesar de su raro negocio.

A los dieciocho años descubrió que se le daba particularmente bien eso de hablar. Era capaz de defender cualquier idea. En las tardes con sus amigos, cuando los diálogos se convertían en enconadas disputas, Xavier (o Javier, no está claro cuál es su nombre real) nada más que por pura diversión tomaba partido primero de un bando y luego del otro. Y sus amigos se desconcertaban: Tal era su pericia lingüística que con cierta frecuencia lograba hacer parecer sus veleidosos vaivenes como algo puramente coherente y racional.

Mientras sus amigos se dedicaban a buscar sus primeros trabajos serios o se preparaban para acceder a la Universidad, él se hizo publicidad como ponente y hablador... Difundió propaganda de sí mismo a múltiples organizaciones, fundamentalmente partidos políticos, sindicatos y ONGs, aunque también a algunas empresas privadas que necesitaban limpiar su imagen.

Las llamadas tardaron en llegar, pero llegaron. Y quien le contrataba nunca se sentía defraudado. Javier (o Xavier) sabía cuáles eran sus virtudes y limitaciones, así que no se afilió a ningún partido concreto, ni se casó con ninguna otra organización. Tampoco accedió nunca a participar en televisión y rara vez lo hizo en la radio. Era perfectamente consciente de que las organizaciones contratantes nunca aceptarían que él trabajara para la competencia… y él lo hacía siempre que podía.

Tan capaz era en aquello que montó una pequeña empresa con sus secretarias, sus consejeros económicos, su sede (y las mujeres de la limpieza correspondientes), etc.. Hasta casi una treintena de empleados llegó a tener.

A los veinticinco años casi parecía el suyo un trabajo rutinario: A las 9:00 llegaba al despacho y las secretarias le pasaban información de las instituciones que querían contratarle ese día o en fechas próximas. Tras un cierto análisis descartaba los actos de mayor riesgo mediático y se centraba en los otros. Luego hacía su elección según criterios puramente empresariales: escogía aquellos actos que cuya relación “esfuerzo-ganancia” resultara mejor: Primero calculaba el total de horas que le iba a llevar incluyendo la preparación del discurso, el trayecto y el acto en sí. Después calculaba el beneficio económico. Finalmente dividía y el que mayor beneficio en “dinero/hora” le ofreciera ese era el que escogía.

Por las tardes acudía a los actos. Daba mítines, conferencias, debatía... lo que fuera. Tenía negocios con instituciones de todas las ideologías. Podía defender el internacionalismo el lunes, apoyar el nacionalismo españolista el martes, enfervorizar a las masas catalanistas el miércoles… Y todo como algo meramente rutinario. “Mientras paguen…” decía. De ahí que en ciertos círculos se le conociera como Javier Jiménez, en otros como Xavier Jiménez y, en algunos, incluso como Xavier Ximénez. Aunque se sabe a ciencia cierta que este último era falso.

Hubo situaciones difíciles que supo solventar con gran pericia, como cuando sus secretarias no se coordinaron y concertaron citas para el mismo debate radiofónico a Javier y a Xavier en una emisión que se titulaba “Estado español o naciones de España”, en el cual Javier defendería la postura del nacionalismo españolista, mientras que Xavier representaría a su oponente catalanista... De la mañana a la tarde tuvo tiempo de escribir una serie de frases y hacérselas aprender a uno de sus empleados, al que le dio también las directrices más básicas.

Ambos se presentaron como Javier y Xavier… y coló.

En cierta ocasión, no se sabe muy bien cómo (hay varias versiones al respecto y probablemente ninguna sea cierta), conoció a una mujer que decía llamarse Margarita (aunque su nombre real era Luisa Herrera).

Jiménez se enamoró de ella perdidamente y se hicieron amantes. Hay constancia de que él le había propuesto matrimonio varias veces pero ella, al parecer, le fue dando largas…

Un día Jiménez descubrió con auténtico horror que Margarita tenía casi tanta verborrea como él. Fue peor aún descubrir que también compartían su escasa afición por la Verdad. Todo se confirmó cuando, demasiado tarde para muchas cosas, la misma Margarita le confesó que ella era una periodista que buscaba hacer el reportaje de su vida y que el reportaje era él. Después de esto Margarita desapareció.

El impacto mediático que produjo la “investigación” de Margarita fue escaso. Apenas se publicaron un par de artículos en sendos periódicos locales muy minoritarios.

Todo habría seguido igual para el charlatán de no ser porque se le rompió algo en la cabeza. Realmente había amado a aquella mujer, pero resultó que quien él amaba no existía, era un cuento, una ficción inventada, un personaje interpretado magistralmente por Luisa Herrera. Se había enamorado de un espejismo, del reflejo de una fantasía...

No fue capaz de recuperarse. Poco a poco empezó a sospechar que todos los que le rodeaban tenían algo que ocultarle, que cada sonrisa escondía un interés perverso… Esto fue creciendo y de las sospechas pasó a los temores, mientras que de los posibles intereses ocultos dio paso a las grandes conspiraciones. Se volvió literalmente paranoico.

Hoy se encuentra ingresado en un hospital psiquiátrico. En el centro aún no saben si su nombre real es Javier o Xavier. Es muy difícil hablar con él. No se fía de nadie.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Prisionero

Cada día me levanto y miro el habitáculo. Ver que todavía sigo allí me hace querer seguir durmiendo. Hago un esfuerzo. Vuelvo a recostarme sobre el pétreo lecho y cierro los ojos. Que pasen las horas... la vida...

A veces recuerdo mi edad. ¿Ya? ¿Tan viejo? Cuando de joven me imaginaba cómo sería mi vida a estas alturas, me veía casado y con hijos. Con una carrera y un trabajo acorde con mi pasión literaria. Pero en cambio estoy aquí, prisionero, sin saber ni cómo ni cuándo se abrirá la puerta de la celda. Entonces pienso que no quiero perder ni un minuto más y una angustia colérica me lleva a tratar de derribarla.

La puerta nunca cede.

Sentado en el suelo miro al ventanuco. Antes trepaba hasta poder asomar la cabeza tras él. Pensaba que la imagen del exterior era suficiente para mantener viva la esperanza. Ahora no. Ver el exterior ya no me da esperanza ninguna. Sólo produce dolor. Entonces deseo que esta tortura llama “vida” llegue a su fin.

Y lloro.

Cuando lloro suelo desahogarme. Eso me sirve para querer vivir durante un tiempo. Pero a veces el llanto no es suficiente. Con todo lo que me animaba me ha ido ocurriendo lo mismo: es como cuando tomas un medicamento durante mucho tiempo. Te acabas inmunizando y deja de hacer efecto.

Todos los días la recuerdo a ella. A la mujer que amé y que aún amo. Encerrado en esta prisión nunca sabrá cuánto la quiero. Puede que cuando salga haya conocido a otro hombre y se haya enamorado de él. Entonces, ¿para qué querré la libertad? La angustia me vuelve a invadir y golpeo mis puños contra la puerta. Por enésima vez me hago sangre. Cedo. La puerta vuelve a vencer.

Dos veces al día, desde el exterior, introducen un plato de comida y una cuchara, acompañados de un mendrugo. Una vez, a la desesperada, probé a no devolver la cuchara ni el plato. “Así se verán obligados a abrir y entrar a por ellos. Yo aprovecharé para salir de aquí y si muero en la escapada, al menos mi cuerpo caerá fuera de estas cuatro paredes”, pensé. Me equivoqué. Sólo se abrió la ranura de la mirilla y el cañón de un rifle me apuntó a la cabeza. Devolví la cubertería secuestrada sin lograr que la puerta se moviera ni un ápice.

Esa noche lloré más que de costumbre.

Casi todos los días se repiten las escenas, los momentos, las angustias, los tiempos vacíos, los empellones contra la puerta, las dos raciones... Cuando cierro los ojos por la noche sé lo que me espera a la mañana siguiente... Y lo peor es que sé que todo eso ocurrirá siendo yo un día más viejo y habiendo dejado una oportunidad más para que mi amada le entregue su corazón a otro. Si al menos ella supiera cuánto la quiero...

***

El oficial terminó de leer la nota y la hizo trizas. Su compañero se acercó y le reprochó:
-¡Esa era una prueba!

El oficial miró con desprecio a su compañero.
-Ha escapado, ¿no? Ojalá encuentre a esa mujer.
-Pero es un criminal...
-Ante todo es un hombre. Yo sé lo que es vivir preso y, guárdeme el secreto, me alegro de que este desdichado haya logrado escapar.
-¿Usted preso? Pensaba que su historial era intachable.
-Nunca me han encerrado en una prisión pero, créeme, sé lo que es estar preso.

viernes, 9 de julio de 2010

A la puerta del local

A la puerta del local se encuentran los amigos. Hay ruidos y trasiego de personas. La noche ha caído. Por la calle de al lado va un coche solitario. Los diálogos son distendidos y afables. Algún abrazo. Alguna risa. Unos se van y otros se quedan. Dos besos, uno por mejilla. Las conversaciones son dispares y se entrelazan. Hay quien camina entre los corrillos buscando su sitio. Hay quien pregunta por los servicios. Los hay que se sientan en cualquier lado. Hay una joven despidiendo con una sonrisa, y agitando la mano en alto, a los que se van. Hay quien mira el cielo, preocupado por si llueve.

El pirata Doliente

En el doloroso mar de la soledad... un velero.
Conducido por el pirata Doliente, navega sin rumbo.
Sus entrañas arden pues le falta algo, algo importante...
Mas sigue navegando Doliente... y cuando encuentra otros veleros, los asalta y los quema, pues sólo sabe competir... y luego prosigue su perdida navegación.
Y por las noches llora. Llora, pues se siente solo... y no sabe dónde está la costa.

Polaris

Polaris aparece en el cielo anunciando que el día muere, que la luz se va...
Premonición de muerte.
Y cuando parece todo perdido,
Cuando la tiniebla abarca de horizonte a horizonte...
Polaris brilla en el mar de las estrellas.
Podría ser una más, pero no lo quiere así.
Cuando la noche reina en los corazones
ella brilla con fuerza, señalando el camino, orientando al marino.

Pensando en corazones puros

Corazones de carne. Corazones puros…
¿Por qué lo habremos olvidado?
Ser como un niño, aun pensando como un hombre, ser como un niño…
Que los corazones corruptos buscan artes vacuas, filosofías galindas, teoremas complejos… para tratar de entender el mundo.
Que los corazones puros simple y llanamente entienden.
¡Que no necesitan de palabras fastuosas, de teoremas, ni de nombres extranjeros… para llamar al hambre, hambre; a la sed, sed; a la Verdad, Verdad; y a la mentira…! A la mentira la odian con dolor.
Miramos a las estrellas tratando de comprender lo lejano, estando ciegos con lo cercano… y creemos que eso es alzar la vista al cielo.
El corazón puro siente dolor… ¡Ya no queremos corazón puro!
Queremos sentir con la cabeza, queremos sentimientos.
No queremos sentir con el corazón, rechazamos la emoción.
El corazón puro ama con pureza. No le valen los cuentos que hoy se hacen pasar por verdades (sí, verdades ¡en plural!, lo que ya dice de su falacia).
El corazón puro no se pone excusas, no se miente, no se engaña…
El corazón puro siente dolor…
El corazón puro es siempre joven. No quiere madurar. No, si madurar implica renunciar al Ideal, a la Justicia, a la Verdad.
El corazón puro ilumina la noche, se ríe de los chistes fáciles de los amigos, disfruta de los cuentos sencillos y sonríe… sí, el corazón puro sonríe… sonríe con pasión.

Mirando

El viento meció su vista, acariciando las hojas de los árboles que tenía en derredor. Tras él danzaba la algarabía, en un día de fiesta. El sol calentaba con dulzura. Enfrente se abría el paisaje quedo con colores amarillentos y verdosos.

Se sentaba a la distancia justa ente la agitación de la multitud y la soledad. Allí podía pensar tranquilamente y gozar, como por contagio, de la alegría de todos. Y pensó que faltaba alguien. Deseó verla aparecer por el camino. Deseó ser inundado por los ojos de la garza, pero nadie apareció. Y la algazara se fue volviendo algo ajeno. Y aunque quería alegrarse, dejó de sentir aquel contagio. Los ruidos empezaban a ser molestos, pues ella no venía y él comenzaba a ser consciente de la improbabilidad de que lo hiciera. Pero siguió mirando el camino, manteniendo una ilógica esperanza... Hasta que alguien se acercó por detrás y tocó su hombro:

-¿Qué haces aquí, tan solo? – dijeron las pupilas azules.

Él sonrió sin saber qué responder. Había estado mirando en la dirección equivocada.

Cuando sea...

Cada fin de semana se reunían los tres chavales, en un rincón perdido en la ciudad. Allí, donde no eran vistos por nadie, conspiraban utopías:

-Cuando sea mayor... – decían. Y expresaban sus sueños y anhelos largamente. Y discurrían, y filosofaban, y se planteaban la vida.

Con el tiempo sus ideas se forjaron. Cada uno se convenció de que para arreglar el mundo había un camino. Álvaro alcanzó la mayoría de edad con la idea de que lo que tenía que hacer era conseguir el poder político.

-Cuando sea alcalde... – dijo una vez. Pero en las siguientes reuniones fue ampliando sus miras y pasó de alcalde a ministro y de ministro a presidente de gobierno. Total, que a cierta edad calculaba en base a “cuando gobierne el país...”.

Benito tenía fundamentos para creer que las grandes desigualdades se producían por la cuestión del dinero. Quizá se equivocó en el camino: creyó que la solución pasaba por enriquecerse. Así, a los veintipocos tenía las miras claras y principiaba sus alocuciones diciendo:

-Cuando sea rico...

Catalino poseía un espíritu más sensible que los otros dos y veía claramente que la cosa pasaba por la moral. Sólo siendo un hombre de elevada moral podría cambiar el mundo, de modo que sus diatribas comenzaban con un:

-Cuando sea santo...

Resulta que estuvieron hablando de esto durante muchos años. Álvaro nunca llegó a ser alcalde, porque aunque él tenía mucha fe en sí mismo, se ve que los demás no le admiraban lo suficiente.

Benito, al contrario que su amigo, sí se hizo rico. Lo que ocurre es que a medida que se enriquecía, pensaba: “si me hago un poco más rico, más bien podré hacer” y constantemente buscaba maneras de enriquecerse más y más, sin sentirse nunca satisfecho.

Por último estaba Catalino, que no alcanzó la santidad porque esperaba que esta, una buena mañana, le cayera del cielo.

El día en que cumplió cuarenta años, Benito sentenció:

-No podemos cambiar el mundo. Lo único que podemos hacer es disfrutar de la vida. Me voy para siempre, porque nuestras reuniones son inútiles.

Y acto seguido se marchó. Esto causó un profundo impacto a los otros dos, que reflexionaron mucho y muy hondamente sobre lo sucedido. Al volver a juntarse, se dijeron:

-¿A qué hemos estado esperando estos años? ¿Por qué no hemos hecho algo? ¿Por qué no hacemos algo ya?

No recuerdo muy bien lo que hicieron. Fue algo muy pequeño, casi despreciable. El caso es que se pusieron en marcha y, desde entonces, el mundo es diferente.