Ni las altas temperaturas podían apartar a la gente de allí. La puerta del “saloon” estaba destrozada. En torno a ella se amontonaban hombres y mujeres. Había otros que preferían mirar a través de las ventanas. Uno de ellos era John “el Frío”, quizá el sheriff con mejor fama de la zona. Rápido con el revólver, compasivo, valiente... Por eso los vecinos le preguntaban:
-¿Va a entrar ahí?
-¿Qué piensa hacer?
Pero John sólo devolvía una mirada silenciosa. Sin embargo, los demás insistían e insistían, por lo que terminó gruñendo:
-¿Queréis dejarme pensar tranquilo? Ya me gustaría poder resolver esto como de costumbre: sacar al individuo a la calle, retarle a un duelo, desarmarle de un disparo... y decirle que se marche y no vuelva más... Pero, ¿cómo voy a retar a...? ¡Eso! ¿Cómo voy a sacarlo de ahí? ¿Cómo creéis que podría hacerlo...?
Entonces se montó un revuelo:
-Pero usted es el sheriff, tendría que saber...
-¿Qué tendría que saber? Ni siquiera sabía que estas cosas existían... Ese... Las alas de ese bicho miden como... como... ¡Rayos!, su cabeza es más grande que un hombre.
-Y ¿por qué no se lo toma como si fuera un toro?, un toro muy grande... muy, muy grande...
-O mejor, una especie de encierro...
-Pero... ¡pero estáis locos! ¿De qué cuernos habláis?
Los habitantes estaban tan ensimismados que no vieron acercarse a un hombre montado a caballo. El recién llegado, cuyos rasgos faciales adivinaban su origen oriental, vestía como un cowboy, incluido el sombrero, llevaba revólver al cinto y fumaba tranquilamente un cigarrillo. Desmontó, ató al caballo junto al abrevadero y fue andando hasta el “saloon”.
-Yo entraré – dijo tirando el cigarrillo y pisando la colilla.
Le abrieron un pasillo entre murmullos:
-Un chino...
-¿De dónde demonios habrá salido?
-Papá, ¿por qué tiene esos ojos tan raros?
Una vez dentro, saltó la barra y se sirvió un whisky con hielo. Volvió a saltar la barra, puso los brazos en jarra y echó un vistazo al local. El ingente dragón reposaba ocupando la mitad del espacio. Las mesas y sillas habían sido derribadas o destrozadas a su paso, de modo que el hombre tuvo que levantar una mesa para poner la bebida. Seguidamente acercó una silla y se sentó a horcajadas, con el respaldo por delante.
-¿Por qué tuviste que escapar? – le preguntó a la criatura.
-Sabías bien que no podía aguantar más allí.
-Tómate tu tiempo y volvamos. Eres la mejor atracción. Sin ti perderemos clientes...
-Yo no soy un animal de circo. Quería volver a ser libre... Pero ese... Hizo que me dispararan dardos...
-¿Y qué pueden hacer unos dardos a una criatura de quince metros de grande? – preguntó mientras se llevaba el vaso a la boca.
-Envenenarlo... – La mano del whisky se detuvo.
-Ya veo... – Tras respirar profundamente bebió un buen trago y se giró hacia la mesa donde había dejado la botella. Recargó la copa al tiempo que el dragón decía:
-El dueño siempre tuvo mano dura...
-Pero tú eres la mayor atracción del circo.
-Me estoy muriendo, Pistolero Infalible, lo creas o no...
El Pistolero Infalible se bebió otro trago.
-Me gustan estos whiskys... Creo que es el clima: hace que cualquier cosa sepa bien – comentó. Luego cambió el tono – Entonces habrá que buscar a alguien que te sustituya... ¿Cuánto tiempo crees que tardarás en morir?
-¿Cómo puedes ser tan cruel...?
-Cuando tú mueras tendré que volver... Si no lo hago, mandará a Mc Clain... y ese tío no hace prisioneros.
-¿Es que no quieres volver...?
El Infalible miró el vaso.
-Creo que este whisky ya no me sabe tan bien...
El dragón mostró su última sonrisa:
-Me gustaba el número del Pistolero Infalible. ¡El más rápido del oeste! ¡La mejor puntería! Trataba de verlo siempre que podía, mirando entre alguna rendija... Te las apañarás bien sin mí, Infalible.
-Siempre me las apañé bien sin ti... Tan sólo te conocí hace dos años. No es suficiente para forjar una verdadera amistad. La amistad necesita más tiempo... ¿verdad?
-¿Y cuánto tiempo necesita? – El otro no respondió, de modo que el dragón pasó a un nuevo tema. – Mi religión dice que cuando los dragones morimos, nos convertimos en estrellas... Pero, ¿qué hay de cuando mueren las estrellas?
-Vaya preocupación más absurda. Probablemente yo muera antes que tú. Seguro que Mc Clain ya está en camino. Y si no lo estuviera... es lo mismo. Ya he vivido demasiado. Digan lo que digan, treinta y cinco años son suficientes para mí...
-¿Qué estás diciendo?
-Mientras entraba aquí los curiosos me llamaban “chino”... Estoy tan lejos de mi tierra que ni siquiera me llaman extranjero. Me llaman “chino”. ¿Qué tengo yo de chino?
Ambos guardaron silencio unos instantes.
-Gracias por venir – dijo el dragón. – No quería morir solo.
-Pues morirás solo. Ya he perdido muchas cosas en mi vida. Tú no serás una más. No te daré tiempo. Dicen que el sheriff de este pueblo es rápido. ¡Comprobémoslo!
El Infalible salió del “saloon”. El dragón trató de seguirle, pero apenas pudo alcanzar la puerta: las patas ya no le respondían.. En aquellos momentos nadie le prestaba atención. Todas las miradas se centraban en “el chino” que, poniéndose en mitad de la calle, gritaba:
-¡Sheriff! ¡Sheriff! ¿Dónde está el maldito sheriff?
-Estoy aquí, chico...
-¡Vosotros habéis envenenado a mi amigo!
El dragón trató de decir algo, pero la voz no le salió.
-¡Vosotros le habéis envenenado y yo tomaré venganza! – clamaba el Infalible. - ¡Sheriff, si no sales al centro de la calle para tener un duelo en condiciones, empezaré a disparar contra las mujeres y los niños!
John el Frío hizo lo conminado. Todo el mundo guardaba silencio. Aquel era un pueblo pequeño, en mitad del desierto. El sol golpeaba con fuerza en las cabezas de todos. Una calma tensa surcó la calle... Y entonces un par de rápidos movimientos, el sonido como de dos truenos muy seguidos... El revólver del Infalible voló por los aires. También el sombrero del sheriff.
-¡Ha muerto! – dijo un niño. - ¡El dragón ha muerto!
El Infalible se dejó caer de rodillas. Se miraba la mano con rabia.
-A la mano... Me ha disparado a la mano... ¿Quién le manda dispararme a la mano? – gritó antes de ser golpeado por la culata de un rifle.
Los ayudantes del sheriff le arrastraron hasta su caballo y le montaron en él. Luego lo espolearon, despidiéndose al grito de:
-¡Y no vuelvas nunca más por aquí, maldito chino, o el sheriff no tendrá piedad de ti la próxima vez!
John buscó su sombrero. Mientras lo recogía se le acercó una mujer:
-Menos mal que usted es el más rápido.
El sheriff le mostró el agujero de bala que tenía el sombrero.
-¿El más rápido? ¿Usted cree? Ese chino falló el tiro aposta.
lunes, 15 de febrero de 2010
El gruñón ignorante
Cuando llegué a aquel pueblo tropecé con un anciano que iba mascullando su mala suerte y me le quedé mirando.
-Ese, el Perico, siempre se está quejando. Es un gruñón y un ignorante – me dijo un oriundo.
Siempre me ha gustado, cuando llego a algún sitio, antes de ir a ver los grandes monumentos y construcciones, buscar el lugar de reunión popular. Y así descubrí “El Cobertizo”, que era el barucho donde se juntaban los más burros de la vecindad.
Mientras hablaba y bebía con los trabajadores del campo, apareció nuevamente “el Perico”, gruñendo y maldiciendo su mala suerte.
-Buenos días, Perico – le dijeron desde la barra.
-Buen ánima a todos – contestó él.
No tardaron en arrimarse a mi oído y susurrarme:
-¿Ves qué ignorante, que no sabe decir “buen ánimo” siquiera?
-¿Hoy tampoco te quedas un rato? – le preguntaron.
-¡Qué más quisiera! Yo es que tengo muy mala suerte. Todo me ocurre a mí. Vengo para tomarme un trago y descansar un minuto que, si no, no llego.
Se tomó una copa de orujo de un trago, soltó un suspiró y puso pies en polvorosa.
Como me habían hablado tanto de él, me picó la curiosidad y decidí seguirle. Pronto se percató de mi presencia y preguntó:
-Ay hijo, ¿qué es, que me estás siguiendo?
-Sí, bueno... esto... yo...
-Nada, nada, si no es ná malo lo que estás haciendo. Que me viene bien que me acompañes, a ver si me echas una mano, tú que eres joven.
-Si me dice primero de qué se trata...
-Si no tienes buen ánima no vengas, ¿eh?, que los vagos no me sirven.
-Está bien, no se ponga así, yo le ayudo.
-¡Pero con buen ánima!
-Con buen ánimo, querrá decir.
-Ay, hijo, yo no sé lo que es eso. Yo sé que es el ánima, pero no sé lo que es el ánimo.
-¿Y qué piensa usted que es el ánima?
-Pues esa cosa que te mete Dios pa’l cuerpo, que como es cosa divina, si está bien todo está bien, y ya más ná necesitas. Pero como esté mal, todos los dolores te duelen.
-Pues me dicen que usted se pasa el día gruñendo.
-Ay, si es que me pasa todo a mí. Que no puedo ni descansar un rato.
-Pues cuénteme, ¿qué es lo que le pasa?
-Vale, pero andando, que no llegamos... Mira, te pondré un ejemplo de lo que me ha ocurrido esta mañana. Iba yo a tomar un trago a “El Cobertizo”, pa’ jugar a las cartas con la gente, y esas cosas... Que a tol mundo le gusta. ¿O no? A ti también, ¡pájaro! Pues ¿no voy y me encuentro con el abrevadero partío por la mitad? Que esta es una región ganadera. Mira, ¿ve allí en aquel monte? Vacas ¿Y allí? Más vacas. Pero esas son pa’ la leche. Y ¿dónde beben todas? En el abrevadero de este pueblo. ¿Y no voy yo y tengo la mala suerte de verlo roto?
-Pero hombre, eso no es problema suyo...
-¡Ay que no! Si no lo hubiera visto, no lo hubiera sido. Que cuando muerto, me hubiera preguntado el Señor: ¿Perico, por qué no arreglaste el abrevadero? Y yo le hubiera contestado: No lo vi, Señor, es que no lo ví... Pero es que sí lo vi. Sí que lo vi. Y cuando muera, ¿qué le digo yo al Señor? Porque él lo sabe todo. Y sabe que yo vi que el abrevadero estaba roto y alguien tenía que arreglarlo, y yo no quise... ¿Qué le dirías tú? Na`, pues claro. Así que me fui a la carpintería, a por materiales pa’ arreglarlo. Y allí estaba la Martuca, la pequeña de Camposanto, y me dice que todavía no se sabe los colores. ¡Fíjate qué mala suerte la mía! Aunque también habría que preguntarle a los profesores, que esa niña no es muy lista, pero ya tendrían que haberle enseñado los colores. Pues nada, toda la mañana me la pasé para enseñarle el rojo, el amarillo y el azul. Y mañana me toca más, porque se le habrán olvidado... y tendré que enseñarle alguno otro, como usted comprenderá, porque con tres colores no se pué vivir... Así que a mediodía no pude irme a casa, porque todavía me faltaba el abrevadero. Que tuve que rehacerlo casi entero, porque el agua se colaba por los lados, y allí las vacas no podían beber.
-Pero comió por la tarde...
-Ay, hijo... ¿Que no voy para casa y oigo un lamento? Que estaba la plaza con otras personas y yo pregunté: “Pero ¿es que no oís el lamento?” Pero se ve que en ese momento estaban todos con el ánima mala, y nadie quiso ir a ver de dónde venía. Así que tuve que ir yo. Y es que resulta que la viuda del Andrés se había puesto mala. Y como a mí me ha tocado atender ya a más de una viuda enferma, pues sé lo que hay que hacer en estos casos. Pero, fíjate mi mala suerte, que va la mujer y se muere. Que yo le dije a Dios: ¿pero Señor, no podías haberte esperao un poquito, que tiene mi esposa la comida ya fría en la mesa? Pues nada. Que yo no sé lo que hago mal, que el Señor me está poniendo tol día a prueba. Y otra vez que me tocó preparar el entierro. Ya he llamado al cura y a los de la funeraria...
Cuanto más hablaba el hombre más escamado estaba yo. Pensaba que este exageraba, que, por como lo trataban, tenía que estar mintiéndome. Pero entonces llegamos a una casa y en una habitación reposaba el cadáver de una anciana, vestida de negro. Perico puso los brazos en jarras, aunque no duró mucho así.
-Necesita un Rosario, pa’ ponerle entre las manos. Seguro que tiene alguno en algún lugar. Tú busca por el comedor, que yo miro en esta habitación... ¡Pero con buen ánima, eh!
Al cabo de un rato de búsqueda infructuosa, me preguntó si tenía yo alguno. Mi respuesta fue negativa.
-¡Pero será posible! Ni un poquito de buena suerte... – dijo mientras se marchaba.
-¿Adónde va?
-¿Pues a dónde va ser? A por el Rosario de mi mujer, que ya le compraré otro.
Esperé junto al cadáver. A su regreso, Perico trajo consigo a la esposa, la cual puso un Rosario entre las manos de la muerta. También le acompañaba el sacerdote y no tardaron los de la funeraria. Dimos sepultura a la anciana aquella misma tarde. Perico fue el que corrió con los gastos.
Había caído la noche cuando acabamos.
-Muchacho, muchas gracias. Pero ahora te tengo que dejar. ¡Que me cago en mi suerte! ¿No voy y me encuentro que la casa del cojo Juan tiene goteras por un agujero en el tejado? Y tenía que ser el cojo, que no puede subirse allí arriba...
Algo se removió en mi interior. Sentía vergüenza y alegría a un tiempo, por haber conocido al viejo Perico.
Cuando regresé a “El Cobertizo” y les solté:
-¡Aquí hay mucho gruñón y mucho ignorante, pero nada de eso es Perico! – empezaron a caerme palos por todos los lados, hasta el punto de que en dos minutos me habían sacado del pueblo a patadas. Todavía les quedó tiempo para espetarme:
-Mira que dejarte convencer por este zoquete... Eres el viajero más tonto que hemos conocido.
No me volvieron a dejar entrar, pero yo, cada vez que mi camino pasa cerca, me quedo un rato mirando con la esperanza de ver, siquiera a lo lejos, al santo gruñón.
-Ese, el Perico, siempre se está quejando. Es un gruñón y un ignorante – me dijo un oriundo.
Siempre me ha gustado, cuando llego a algún sitio, antes de ir a ver los grandes monumentos y construcciones, buscar el lugar de reunión popular. Y así descubrí “El Cobertizo”, que era el barucho donde se juntaban los más burros de la vecindad.
Mientras hablaba y bebía con los trabajadores del campo, apareció nuevamente “el Perico”, gruñendo y maldiciendo su mala suerte.
-Buenos días, Perico – le dijeron desde la barra.
-Buen ánima a todos – contestó él.
No tardaron en arrimarse a mi oído y susurrarme:
-¿Ves qué ignorante, que no sabe decir “buen ánimo” siquiera?
-¿Hoy tampoco te quedas un rato? – le preguntaron.
-¡Qué más quisiera! Yo es que tengo muy mala suerte. Todo me ocurre a mí. Vengo para tomarme un trago y descansar un minuto que, si no, no llego.
Se tomó una copa de orujo de un trago, soltó un suspiró y puso pies en polvorosa.
Como me habían hablado tanto de él, me picó la curiosidad y decidí seguirle. Pronto se percató de mi presencia y preguntó:
-Ay hijo, ¿qué es, que me estás siguiendo?
-Sí, bueno... esto... yo...
-Nada, nada, si no es ná malo lo que estás haciendo. Que me viene bien que me acompañes, a ver si me echas una mano, tú que eres joven.
-Si me dice primero de qué se trata...
-Si no tienes buen ánima no vengas, ¿eh?, que los vagos no me sirven.
-Está bien, no se ponga así, yo le ayudo.
-¡Pero con buen ánima!
-Con buen ánimo, querrá decir.
-Ay, hijo, yo no sé lo que es eso. Yo sé que es el ánima, pero no sé lo que es el ánimo.
-¿Y qué piensa usted que es el ánima?
-Pues esa cosa que te mete Dios pa’l cuerpo, que como es cosa divina, si está bien todo está bien, y ya más ná necesitas. Pero como esté mal, todos los dolores te duelen.
-Pues me dicen que usted se pasa el día gruñendo.
-Ay, si es que me pasa todo a mí. Que no puedo ni descansar un rato.
-Pues cuénteme, ¿qué es lo que le pasa?
-Vale, pero andando, que no llegamos... Mira, te pondré un ejemplo de lo que me ha ocurrido esta mañana. Iba yo a tomar un trago a “El Cobertizo”, pa’ jugar a las cartas con la gente, y esas cosas... Que a tol mundo le gusta. ¿O no? A ti también, ¡pájaro! Pues ¿no voy y me encuentro con el abrevadero partío por la mitad? Que esta es una región ganadera. Mira, ¿ve allí en aquel monte? Vacas ¿Y allí? Más vacas. Pero esas son pa’ la leche. Y ¿dónde beben todas? En el abrevadero de este pueblo. ¿Y no voy yo y tengo la mala suerte de verlo roto?
-Pero hombre, eso no es problema suyo...
-¡Ay que no! Si no lo hubiera visto, no lo hubiera sido. Que cuando muerto, me hubiera preguntado el Señor: ¿Perico, por qué no arreglaste el abrevadero? Y yo le hubiera contestado: No lo vi, Señor, es que no lo ví... Pero es que sí lo vi. Sí que lo vi. Y cuando muera, ¿qué le digo yo al Señor? Porque él lo sabe todo. Y sabe que yo vi que el abrevadero estaba roto y alguien tenía que arreglarlo, y yo no quise... ¿Qué le dirías tú? Na`, pues claro. Así que me fui a la carpintería, a por materiales pa’ arreglarlo. Y allí estaba la Martuca, la pequeña de Camposanto, y me dice que todavía no se sabe los colores. ¡Fíjate qué mala suerte la mía! Aunque también habría que preguntarle a los profesores, que esa niña no es muy lista, pero ya tendrían que haberle enseñado los colores. Pues nada, toda la mañana me la pasé para enseñarle el rojo, el amarillo y el azul. Y mañana me toca más, porque se le habrán olvidado... y tendré que enseñarle alguno otro, como usted comprenderá, porque con tres colores no se pué vivir... Así que a mediodía no pude irme a casa, porque todavía me faltaba el abrevadero. Que tuve que rehacerlo casi entero, porque el agua se colaba por los lados, y allí las vacas no podían beber.
-Pero comió por la tarde...
-Ay, hijo... ¿Que no voy para casa y oigo un lamento? Que estaba la plaza con otras personas y yo pregunté: “Pero ¿es que no oís el lamento?” Pero se ve que en ese momento estaban todos con el ánima mala, y nadie quiso ir a ver de dónde venía. Así que tuve que ir yo. Y es que resulta que la viuda del Andrés se había puesto mala. Y como a mí me ha tocado atender ya a más de una viuda enferma, pues sé lo que hay que hacer en estos casos. Pero, fíjate mi mala suerte, que va la mujer y se muere. Que yo le dije a Dios: ¿pero Señor, no podías haberte esperao un poquito, que tiene mi esposa la comida ya fría en la mesa? Pues nada. Que yo no sé lo que hago mal, que el Señor me está poniendo tol día a prueba. Y otra vez que me tocó preparar el entierro. Ya he llamado al cura y a los de la funeraria...
Cuanto más hablaba el hombre más escamado estaba yo. Pensaba que este exageraba, que, por como lo trataban, tenía que estar mintiéndome. Pero entonces llegamos a una casa y en una habitación reposaba el cadáver de una anciana, vestida de negro. Perico puso los brazos en jarras, aunque no duró mucho así.
-Necesita un Rosario, pa’ ponerle entre las manos. Seguro que tiene alguno en algún lugar. Tú busca por el comedor, que yo miro en esta habitación... ¡Pero con buen ánima, eh!
Al cabo de un rato de búsqueda infructuosa, me preguntó si tenía yo alguno. Mi respuesta fue negativa.
-¡Pero será posible! Ni un poquito de buena suerte... – dijo mientras se marchaba.
-¿Adónde va?
-¿Pues a dónde va ser? A por el Rosario de mi mujer, que ya le compraré otro.
Esperé junto al cadáver. A su regreso, Perico trajo consigo a la esposa, la cual puso un Rosario entre las manos de la muerta. También le acompañaba el sacerdote y no tardaron los de la funeraria. Dimos sepultura a la anciana aquella misma tarde. Perico fue el que corrió con los gastos.
Había caído la noche cuando acabamos.
-Muchacho, muchas gracias. Pero ahora te tengo que dejar. ¡Que me cago en mi suerte! ¿No voy y me encuentro que la casa del cojo Juan tiene goteras por un agujero en el tejado? Y tenía que ser el cojo, que no puede subirse allí arriba...
Algo se removió en mi interior. Sentía vergüenza y alegría a un tiempo, por haber conocido al viejo Perico.
Cuando regresé a “El Cobertizo” y les solté:
-¡Aquí hay mucho gruñón y mucho ignorante, pero nada de eso es Perico! – empezaron a caerme palos por todos los lados, hasta el punto de que en dos minutos me habían sacado del pueblo a patadas. Todavía les quedó tiempo para espetarme:
-Mira que dejarte convencer por este zoquete... Eres el viajero más tonto que hemos conocido.
No me volvieron a dejar entrar, pero yo, cada vez que mi camino pasa cerca, me quedo un rato mirando con la esperanza de ver, siquiera a lo lejos, al santo gruñón.
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Relatos varios
No quiero fuegos artificiales
Los fuegos artificiales, las sonrisas de plástico y las luces de neón
me dan ganas de vomitar.
No quiero fiesta, sino alegría.
No quiero sonoras carcajadas, sino buen humor.
No quiero un “te quiero”, sino un amor.
me dan ganas de vomitar.
No quiero fiesta, sino alegría.
No quiero sonoras carcajadas, sino buen humor.
No quiero un “te quiero”, sino un amor.
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Poesía
miércoles, 10 de febrero de 2010
Los amantes de fuego
Cuando los dos amigos llegaron al pueblo, lo primero que hicieron fue buscar dónde calmar la sed. Preguntaron a un anciano por un bar y este les respondió con sorna:
-En la Plaza de los Cuatro Caños podréis echar un buen trago. Hay una buena fuente.
-¿Nos podría indicar cómo llegar? – preguntó Aresio, el más cerebral y práctico.
-Pues mira, os metéis por ese callejón de allí, ¿veis? Y salís a la plaza de los Amantes de Fuego. La atravesáis y continuáis hasta la siguiente calle. La primera, no. La segunda a la izquierda y veréis una plazuca con una fuente en medio. Esa es.
-Muchas gracias –sonrió el mismo Aresio de antes.
Mateo era más tímido y solía ir un paso por detrás de su amigo. Cualquiera que los viera a simple vista, sólo a simple vista, podría pensar que Mateo era la sombra de Aresio.
Al llegar los amigos a la plaza de los Amantes de Fuego descubrieron con asombro una gigantesca estatua en la que estaban representados un hombre y una mujer abrazados, en feliz pose, al tiempo que eran devorados por las llamas.
-¿Quién lo diría, en este pueblo perdido...? – dejó caer Aresio, boquiabierto. Luego, retomando la seriedad, se dirigió al otro: - ¿Recuerdas por dónde dijo el viejo que había que ir?
Mateo se encogió de hombros y viró la cabeza a un lado, con la fortuna de que descubrió un bar. Estiró el brazo para avisar a su amigo y justo antes de tocarle se llevó un fuerte calambrazo.
-Estás cargado de electricidad estática, compañero – le soltó, jocoso, Aresio.
-Ahí hay un bar – indicó Mateo con la frente, todavía observándose la mano.
-Es verdad. Pues mejor. Vamos allá.
Una vez en el bar se sentaron junto al ventanal. Mientras les servían, lanzaban miradas a los Amantes de Fuego. Cuando el camarero, un hombre de mediana edad, trajo el refrigerio, comentó:
-Veo que os llama la atención la estatua. Los que venís de fuera nunca esperáis una cosa así, en un pueblo como este.
-Le seré sincero: No lo esperábamos en absoluto.
-No te preocupes. Es un pueblo pequeño y medio abandonado. Es normal. Yo he estado viviendo unos años en una ciudad grande, como Burgos. Os comprendo perfectamente.
-¿A qué se debe la estatua? – inquirió Mateo.
-Es una leyenda. Aunque algo de Verdad debe haber en ella, porque la contaban nuestros abuelos con todo convencimiento, y se ponían como testigos de la misma. Es una historia sencilla, breve. Nos decían que esos que están ahí representados eran dos jóvenes de este pueblo que se amaban ardientemente. Cuando iban a casarse, a él le mandaron a la guerra de Marruecos. Y durante un periodo de tres años se estuvieron anhelando el uno al otro. Muchos amantes habrían perdido el interés después de tanto tiempo pero, según dice la leyenda, en ellos la separación obró de acicate, e incrementó el deseo y el ardor. Al parecer se escribían largas cartas y, según insistían los ancianos en contar, cada carta era más intensa y apasionada que la anterior. Así que, cuando él volvió, se fundieron en un abrazo tan caluroso, tan ardiente... que ardieron, literalmente... y murieron incinerados.
-¿Ocurrió de verdad? – preguntó Mateo, mirando la estatua con los ojos abiertos como platos.
-Bueno, eso dice la leyenda... Las tumbas están en el cementerio, a la entrada del pueblo. Sí que murieron el mismo día, según la inscripción... – el paisano observó la sonrisa de Aresio y tras un sutil estertor cambió de tono. – Pero yo creo que no fue el amor, sino la electricidad estática. En este pueblo siempre ha habido mucha electricidad estática. Por alguna razón, la electricidad estática debió ser mayor de lo habitual y el calambrazo prendería alguna muselina o alguna tela que llevaran puesta y que ardiera con facilidad... Y los desgraciados ardieron. Eso es lo que pienso, pero primero cuento la leyenda porque gusta más a los turistas.
-Hace bien – contestó Aresio. – Mi compañero siempre ha sido un poco crédulo, pero su explicación tiene mucha lógica y la leyenda no deja de ser curiosa. Pobres desgraciados, después de tres años... En fin...
Aquella misma tarde los amigos partieron hacia el Ocaso y, mientras caminaban, recordaron la historia que les habían contado.
-Como fantasía hay que reconocer que es bonita – soltó Aresio.
-Mira que eres ingenuo. Luego dices que yo soy el crédulo.
-Hombre, si hubieras visto la cara de bobalicón que se te puso... como si de verdad creyeras que ardieron por amor....
-El camarero lo creía así, pero al verte a ti rectificó y dio una explicación aparentemente racional.
-¿Aparentemente? Tú me pegaste un calambrazo antes de entrar al bar. ¡Claro que hay electricidad en este pueblo!
-¿De verdad crees que la electricidad estática era tan grande a principios del siglo XX? Si te hablan de amor ardiente, piensas que es una fantasía. Pero si te cuentan la misma historia, con palabras más científicas y un barniz de racionalismo, entonces te la crees. ¿No ves que es la misma historia con el mismo misterio? Y, sin embargo, los testigos creían en la primera versión.
-Pero ¿cómo van a arder de amor?
-Eso mismo digo yo: ¿Cuánta gente conoces que haya muerto por la electricidad estática? ¿Conoces algún caso aunque sea por boca de terceros? No sólo nadie muere por la electricidad estática, sino que a principios del siglo XX apenas había aparatos eléctricos, por lo que es imposible que murieran de un ataque de malvada electricidad estática.
-Ya, y es más racional pensar que murieron de un ataque de pasión amorosa. Ya veo por dónde va tu lógica. La verdad, no sé que entiendes por “razón”.
Durante largo rato anduvieron en silencio. Ya se había puesto el Sol y refulgían las primeras estrellas, cuando Mateo susurró:
-Te equivocas al pensar que “razón” y “corazón” caminan mejor separados.
Tras ello sopló el céfiro silente, como sentencia.
-En la Plaza de los Cuatro Caños podréis echar un buen trago. Hay una buena fuente.
-¿Nos podría indicar cómo llegar? – preguntó Aresio, el más cerebral y práctico.
-Pues mira, os metéis por ese callejón de allí, ¿veis? Y salís a la plaza de los Amantes de Fuego. La atravesáis y continuáis hasta la siguiente calle. La primera, no. La segunda a la izquierda y veréis una plazuca con una fuente en medio. Esa es.
-Muchas gracias –sonrió el mismo Aresio de antes.
Mateo era más tímido y solía ir un paso por detrás de su amigo. Cualquiera que los viera a simple vista, sólo a simple vista, podría pensar que Mateo era la sombra de Aresio.
Al llegar los amigos a la plaza de los Amantes de Fuego descubrieron con asombro una gigantesca estatua en la que estaban representados un hombre y una mujer abrazados, en feliz pose, al tiempo que eran devorados por las llamas.
-¿Quién lo diría, en este pueblo perdido...? – dejó caer Aresio, boquiabierto. Luego, retomando la seriedad, se dirigió al otro: - ¿Recuerdas por dónde dijo el viejo que había que ir?
Mateo se encogió de hombros y viró la cabeza a un lado, con la fortuna de que descubrió un bar. Estiró el brazo para avisar a su amigo y justo antes de tocarle se llevó un fuerte calambrazo.
-Estás cargado de electricidad estática, compañero – le soltó, jocoso, Aresio.
-Ahí hay un bar – indicó Mateo con la frente, todavía observándose la mano.
-Es verdad. Pues mejor. Vamos allá.
Una vez en el bar se sentaron junto al ventanal. Mientras les servían, lanzaban miradas a los Amantes de Fuego. Cuando el camarero, un hombre de mediana edad, trajo el refrigerio, comentó:
-Veo que os llama la atención la estatua. Los que venís de fuera nunca esperáis una cosa así, en un pueblo como este.
-Le seré sincero: No lo esperábamos en absoluto.
-No te preocupes. Es un pueblo pequeño y medio abandonado. Es normal. Yo he estado viviendo unos años en una ciudad grande, como Burgos. Os comprendo perfectamente.
-¿A qué se debe la estatua? – inquirió Mateo.
-Es una leyenda. Aunque algo de Verdad debe haber en ella, porque la contaban nuestros abuelos con todo convencimiento, y se ponían como testigos de la misma. Es una historia sencilla, breve. Nos decían que esos que están ahí representados eran dos jóvenes de este pueblo que se amaban ardientemente. Cuando iban a casarse, a él le mandaron a la guerra de Marruecos. Y durante un periodo de tres años se estuvieron anhelando el uno al otro. Muchos amantes habrían perdido el interés después de tanto tiempo pero, según dice la leyenda, en ellos la separación obró de acicate, e incrementó el deseo y el ardor. Al parecer se escribían largas cartas y, según insistían los ancianos en contar, cada carta era más intensa y apasionada que la anterior. Así que, cuando él volvió, se fundieron en un abrazo tan caluroso, tan ardiente... que ardieron, literalmente... y murieron incinerados.
-¿Ocurrió de verdad? – preguntó Mateo, mirando la estatua con los ojos abiertos como platos.
-Bueno, eso dice la leyenda... Las tumbas están en el cementerio, a la entrada del pueblo. Sí que murieron el mismo día, según la inscripción... – el paisano observó la sonrisa de Aresio y tras un sutil estertor cambió de tono. – Pero yo creo que no fue el amor, sino la electricidad estática. En este pueblo siempre ha habido mucha electricidad estática. Por alguna razón, la electricidad estática debió ser mayor de lo habitual y el calambrazo prendería alguna muselina o alguna tela que llevaran puesta y que ardiera con facilidad... Y los desgraciados ardieron. Eso es lo que pienso, pero primero cuento la leyenda porque gusta más a los turistas.
-Hace bien – contestó Aresio. – Mi compañero siempre ha sido un poco crédulo, pero su explicación tiene mucha lógica y la leyenda no deja de ser curiosa. Pobres desgraciados, después de tres años... En fin...
Aquella misma tarde los amigos partieron hacia el Ocaso y, mientras caminaban, recordaron la historia que les habían contado.
-Como fantasía hay que reconocer que es bonita – soltó Aresio.
-Mira que eres ingenuo. Luego dices que yo soy el crédulo.
-Hombre, si hubieras visto la cara de bobalicón que se te puso... como si de verdad creyeras que ardieron por amor....
-El camarero lo creía así, pero al verte a ti rectificó y dio una explicación aparentemente racional.
-¿Aparentemente? Tú me pegaste un calambrazo antes de entrar al bar. ¡Claro que hay electricidad en este pueblo!
-¿De verdad crees que la electricidad estática era tan grande a principios del siglo XX? Si te hablan de amor ardiente, piensas que es una fantasía. Pero si te cuentan la misma historia, con palabras más científicas y un barniz de racionalismo, entonces te la crees. ¿No ves que es la misma historia con el mismo misterio? Y, sin embargo, los testigos creían en la primera versión.
-Pero ¿cómo van a arder de amor?
-Eso mismo digo yo: ¿Cuánta gente conoces que haya muerto por la electricidad estática? ¿Conoces algún caso aunque sea por boca de terceros? No sólo nadie muere por la electricidad estática, sino que a principios del siglo XX apenas había aparatos eléctricos, por lo que es imposible que murieran de un ataque de malvada electricidad estática.
-Ya, y es más racional pensar que murieron de un ataque de pasión amorosa. Ya veo por dónde va tu lógica. La verdad, no sé que entiendes por “razón”.
Durante largo rato anduvieron en silencio. Ya se había puesto el Sol y refulgían las primeras estrellas, cuando Mateo susurró:
-Te equivocas al pensar que “razón” y “corazón” caminan mejor separados.
Tras ello sopló el céfiro silente, como sentencia.
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Relatos varios
jueves, 4 de febrero de 2010
¿Enamorados?
Esta noche he visto algo que me ha llamado la atención: Mientras esperaba a las personas con las que había quedado, ha pasado por delante mía una pareja. Me he fijado en ellos porque, como era de noche, no veía bien si se trataba de mis compañeros o no. Antes de que llegaran a mi altura se ha puesto a llover. Yo estaba a buen resguardo, pero ellos no. Se han detenido y han abierto sendos paraguas. Luego se han cogido de la mano y han continuado caminando. Supongo que preferían mojarse la mano un rato que compartir protección. ¿Dónde queda el amor que lo comparte todo? Me he imaginado a las parejas que aprovechaban los días de lluvia para acurrucarse el uno contra el otro, compartiendo techumbre de tela y varillas. Luego les he mirado a ellos, dándose la mano... pero tan separados... y me ha parecido que caminaban en soledad, el uno sin el otro.
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Breves
domingo, 27 de diciembre de 2009
Poesía buscada
¡Por tanto tiempo te busqué!
¡Con tanto deseo te amaba!
Te encontré, poesía desnuda... Fuiste agua para el escritor abatido...
Agua del oasis que crece en mitad del desierto...
De algún modo, mis manos pueden darte forma informe... Y ¡tanto tiempo lo deseé!
No sabía qué eras, pero te buscaba.
Ignoraba cómo eras, pero te anhelé incluso con ansia...
La Providencia había imbuido el corazón de esperanza de ti...
Y ahora que te tengo... te malgasto... te arrincono...
Si acaso, eres lo único mío que hay en mi escritura... lo único que yo, como yo, puedo darle al mundo...
Y tan mal te trato...
Pero, ¡poesía desnuda!, has crecido sin que te regara...
Has madurado sin que te diera el sol...
Has sobrevivido a mí.
¡Quién podrá, de ahora en adelante, hacerte desaparecer!
Eres más fuerte que yo...
En realidad, fuiste tú quien me llamó... y por eso te busqué.
Ni siquiera sabía que me llamabas, pero fui llamado y acudí... ignorando que acudía.
Y te amé, sin saber que existías.
¡Crece, poesía desnuda, crece!
¡Crece en mí, crece en el mundo!
Cambiarás el concepto del arte, derribarás las censuras del demonio, arrebatarás al artista, infame secuestrador, sus supuestos derechos y devolverás al pueblo empobrecido lo que es del pueblo: la poesía.
Y todo, aunque yo te sea infiel y te maltrate...
Por eso te admiro, poesía desnuda, pues sé que aunque te entierren cien años imbuirás corazones que te busquen y volverás a iluminarlos...
¡Con tanto deseo te amaba!
Te encontré, poesía desnuda... Fuiste agua para el escritor abatido...
Agua del oasis que crece en mitad del desierto...
De algún modo, mis manos pueden darte forma informe... Y ¡tanto tiempo lo deseé!
No sabía qué eras, pero te buscaba.
Ignoraba cómo eras, pero te anhelé incluso con ansia...
La Providencia había imbuido el corazón de esperanza de ti...
Y ahora que te tengo... te malgasto... te arrincono...
Si acaso, eres lo único mío que hay en mi escritura... lo único que yo, como yo, puedo darle al mundo...
Y tan mal te trato...
Pero, ¡poesía desnuda!, has crecido sin que te regara...
Has madurado sin que te diera el sol...
Has sobrevivido a mí.
¡Quién podrá, de ahora en adelante, hacerte desaparecer!
Eres más fuerte que yo...
En realidad, fuiste tú quien me llamó... y por eso te busqué.
Ni siquiera sabía que me llamabas, pero fui llamado y acudí... ignorando que acudía.
Y te amé, sin saber que existías.
¡Crece, poesía desnuda, crece!
¡Crece en mí, crece en el mundo!
Cambiarás el concepto del arte, derribarás las censuras del demonio, arrebatarás al artista, infame secuestrador, sus supuestos derechos y devolverás al pueblo empobrecido lo que es del pueblo: la poesía.
Y todo, aunque yo te sea infiel y te maltrate...
Por eso te admiro, poesía desnuda, pues sé que aunque te entierren cien años imbuirás corazones que te busquen y volverás a iluminarlos...
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Poesía
Mentiras
Mentiras, mentiras por doquier...
-La pepita de oro – me anuncian los de un casino, apelando a mi codicia para, en realidad, alimentar la suya... ¡Qué sucio, que vil, qué rastrero! ¡Qué indigno del ser humano...!
Mentiras por todos lados... ¡Menudo mundo hemos construido!
¿Qué sucio veneno invade el corazón del mentiroso?
¿Qué inmoral deseo cubre de ponzoña la vida del mercader?
Tanto se ha ensuciado el dinero que nunca más podrá estar limpio del todo.
Una sombra que crece y sumerge todo en tinieblas...
¡Terreno conquistado por el demonio!
La noche inabarcable, sin luna, ni estrellas, ni el menor brillo de la menor luz, esa es la sustancia que compone la mentira.
¡Qué angustia, qué pena, qué tristeza ver al hermano sumido en el deseo del dinero, vendido a la mentira...!
¿Cuántas veces ha de engañarse un hombre antes de tratar de engañar a los demás?
¿Cómo se puede sacar la billetera, sabiendo que ahí se encuentra el botín de la mentira?
¿Acaso se perdió toda dignidad, todo deseo de hombría, hombría real, con el primer engaño? ¿Será por eso que, acomplejado por su falta de hombría, se hace el macho y maltrata a la mujer?
Veneno, cáncer, virus contagioso... ¿cómo definir la mentira, sin hacerla perder un ápice de iniquidad?
No hay peor violencia....
No hay peor crimen...
No hay peor maldad.
No hay mejor alimento para Satanás...
Nada mejor para él... ¡Nada!
Nada más que la mentira.
No se puede engañar a la esposa sin mentir.
No se puede estafar al incauto sin mentir.
No se puede cerrar el paso al inmigrante...
No se pueden alzar fronteras...
¡No existe una sola frontera que no hunda sus cimientos en las más sucias mentiras!
¡No hay una sola bandera cosida con el hilo de la honradez!
Banderas y fronteras son y serán siempre vástagos de la mentira.
No se pueden formar ejércitos...
Se justifican los ejércitos diciendo que son defensivos... Si todos son defensivos, ¿cómo se forman las guerras?
Mentira: cuna y alimento del mal...
No se puede empezar una guerra sin mentiras.
No habría prostitución sin mentiras...
¡Porque es mentira que el cuerpo de una mujer pueda ser alquilado, usado y dejado para el próximo cliente! La prostitución: la gran mentira del machismo y el feminismo, porque ambos son la misma mentira, porque ambos se alimentan de la esclavitud sexual.
Pero el orgullo, amigo inseparable de la mentira, nos cubre los ojos con el velo del autoengaño y nos abre el camino a la deshonestidad... ¡la desfachatez!
¡No es humilde el que se deja abofetear, sino el que ama la Verdad!
Dejarse abofetear es fácil.
¡Hay quien lo hace en la tele, por cuatro duros!
Lo difícil es ser humillado por amar la Verdad.
Aunque a veces, en momentos de lucidez, lo dudo...
A veces imagino un mundo sin mentiras...
¡Y todo es tan fácil en ese mundo!
¡Todo es tan hermoso en ese mundo!
¡Todos son tan felices en ese mundo!
Una vez nació un hombre honrado... y a su nacer lo llamamos Navidad.
Pero hemos prostituido la Navidad con las mentiras del mercado... Y tanto mentimos, que siendo imposible ocultar la montaña de mentiras, siempre culpamos a otros de ella. Y seguimos comprando regalos y décimos de lotería, y cenando con los jefes del trabajo, a los que, en realidad, no soportamos... y todo sostenido por la sangre del africano o la esclavitud del asiático...
¿Cuándo aprehenderá el hombre a no mentir?
¡Oh, poesía desnuda, no esperes halagos, no esperes comprensión...!
¡Oh, poesía honrada, no esperes el éxito o la fama!
¡Oh, poesía desnuda....! Tanto, tanto tiempo te estuve buscando... y eres tan hermosa... ¡Tan hermosa! Demasiado hermosa para un mundo acostumbrado a los frutos de la mentira....
Pero tú, ¡poesía desnuda!, vivirás más que el mundo...
Si te sigo dando a luz irán con el látigo a por mí y con la hoguera para ti....
Y dirán no entenderte de tanto que comprenderán estas palabras, palabras que detestan comprender...
Pero tú, ¡poesía desnuda!, has de decirle al mundo que el hombre puede ser honrado.
¡Sí que puede! Sólo tiene que querer...
Y querer, en castellano, es sinónimo de amar.
-La pepita de oro – me anuncian los de un casino, apelando a mi codicia para, en realidad, alimentar la suya... ¡Qué sucio, que vil, qué rastrero! ¡Qué indigno del ser humano...!
Mentiras por todos lados... ¡Menudo mundo hemos construido!
¿Qué sucio veneno invade el corazón del mentiroso?
¿Qué inmoral deseo cubre de ponzoña la vida del mercader?
Tanto se ha ensuciado el dinero que nunca más podrá estar limpio del todo.
Una sombra que crece y sumerge todo en tinieblas...
¡Terreno conquistado por el demonio!
La noche inabarcable, sin luna, ni estrellas, ni el menor brillo de la menor luz, esa es la sustancia que compone la mentira.
¡Qué angustia, qué pena, qué tristeza ver al hermano sumido en el deseo del dinero, vendido a la mentira...!
¿Cuántas veces ha de engañarse un hombre antes de tratar de engañar a los demás?
¿Cómo se puede sacar la billetera, sabiendo que ahí se encuentra el botín de la mentira?
¿Acaso se perdió toda dignidad, todo deseo de hombría, hombría real, con el primer engaño? ¿Será por eso que, acomplejado por su falta de hombría, se hace el macho y maltrata a la mujer?
Veneno, cáncer, virus contagioso... ¿cómo definir la mentira, sin hacerla perder un ápice de iniquidad?
No hay peor violencia....
No hay peor crimen...
No hay peor maldad.
No hay mejor alimento para Satanás...
Nada mejor para él... ¡Nada!
Nada más que la mentira.
No se puede engañar a la esposa sin mentir.
No se puede estafar al incauto sin mentir.
No se puede cerrar el paso al inmigrante...
No se pueden alzar fronteras...
¡No existe una sola frontera que no hunda sus cimientos en las más sucias mentiras!
¡No hay una sola bandera cosida con el hilo de la honradez!
Banderas y fronteras son y serán siempre vástagos de la mentira.
No se pueden formar ejércitos...
Se justifican los ejércitos diciendo que son defensivos... Si todos son defensivos, ¿cómo se forman las guerras?
Mentira: cuna y alimento del mal...
No se puede empezar una guerra sin mentiras.
No habría prostitución sin mentiras...
¡Porque es mentira que el cuerpo de una mujer pueda ser alquilado, usado y dejado para el próximo cliente! La prostitución: la gran mentira del machismo y el feminismo, porque ambos son la misma mentira, porque ambos se alimentan de la esclavitud sexual.
Pero el orgullo, amigo inseparable de la mentira, nos cubre los ojos con el velo del autoengaño y nos abre el camino a la deshonestidad... ¡la desfachatez!
¡No es humilde el que se deja abofetear, sino el que ama la Verdad!
Dejarse abofetear es fácil.
¡Hay quien lo hace en la tele, por cuatro duros!
Lo difícil es ser humillado por amar la Verdad.
Aunque a veces, en momentos de lucidez, lo dudo...
A veces imagino un mundo sin mentiras...
¡Y todo es tan fácil en ese mundo!
¡Todo es tan hermoso en ese mundo!
¡Todos son tan felices en ese mundo!
Una vez nació un hombre honrado... y a su nacer lo llamamos Navidad.
Pero hemos prostituido la Navidad con las mentiras del mercado... Y tanto mentimos, que siendo imposible ocultar la montaña de mentiras, siempre culpamos a otros de ella. Y seguimos comprando regalos y décimos de lotería, y cenando con los jefes del trabajo, a los que, en realidad, no soportamos... y todo sostenido por la sangre del africano o la esclavitud del asiático...
¿Cuándo aprehenderá el hombre a no mentir?
¡Oh, poesía desnuda, no esperes halagos, no esperes comprensión...!
¡Oh, poesía honrada, no esperes el éxito o la fama!
¡Oh, poesía desnuda....! Tanto, tanto tiempo te estuve buscando... y eres tan hermosa... ¡Tan hermosa! Demasiado hermosa para un mundo acostumbrado a los frutos de la mentira....
Pero tú, ¡poesía desnuda!, vivirás más que el mundo...
Si te sigo dando a luz irán con el látigo a por mí y con la hoguera para ti....
Y dirán no entenderte de tanto que comprenderán estas palabras, palabras que detestan comprender...
Pero tú, ¡poesía desnuda!, has de decirle al mundo que el hombre puede ser honrado.
¡Sí que puede! Sólo tiene que querer...
Y querer, en castellano, es sinónimo de amar.
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Poesía
viernes, 11 de diciembre de 2009
Alma de la noche oscura
Cuando se ha visto lo más hermoso del mundo... ¿se puede seguir viviendo sin volver a verlo?
Podemos más cosas de las que creemos... ¡Pero qué inmenso dolor surge del alma!
¡Y que digan los idiotas que se disfrazan de científicos que el alma no existe! Quizá nunca les dolió... quizá nunca tuvieron alma.
Pero que yo sepa, los verdaderos científicos son los hombres apasionados con la vida y el cosmos. ¿No es amar la misma cosa que conocer?
¡Ay, los ignaros que quieren presumir de sabios, que se ponen bata y afirman con rotundidad las más solemnes tonterías en nombre de una ciencia que en realidad no es ciencia, sino sólo un amasijo de retorcidas teorías improbables en todos los aspectos...! Esos quizá mataron su propia alma, para luego decir que el alma no existe, que sólo somos átomos, lechugas desordenadas, o perros sazonados con otra disposición atómica. ¡Y no dudo que seáis eso, vosotros que lo afirmáis!
Pero yo siento un dolor en el pecho y el pecho no me duele. Miro por la ventana, veo que ha anochecido y compruebo que la noche es oscura. No como vosotros lo entendéis. La oscuridad de la noche que contemplo es una oscuridad terrible. Es la oscuridad fría y tenebrosa de los corazones aislados. Y vosotros no lo entendéis. Es la oscuridad que supone haber visto lo más hermoso del mundo... y no poder volver a verlo. Pero vosotros ¿qué podríais saber, si sólo sois una disposición casual en el ordenamiento de los electrones, protones y neutrones? Si conocierais lo bello y sublime de este mundo, sabríais que tenéis alma. Pero no lo conocéis y esa es vuestra maldición.
Podemos más cosas de las que creemos... ¡Pero qué inmenso dolor surge del alma!
¡Y que digan los idiotas que se disfrazan de científicos que el alma no existe! Quizá nunca les dolió... quizá nunca tuvieron alma.
Pero que yo sepa, los verdaderos científicos son los hombres apasionados con la vida y el cosmos. ¿No es amar la misma cosa que conocer?
¡Ay, los ignaros que quieren presumir de sabios, que se ponen bata y afirman con rotundidad las más solemnes tonterías en nombre de una ciencia que en realidad no es ciencia, sino sólo un amasijo de retorcidas teorías improbables en todos los aspectos...! Esos quizá mataron su propia alma, para luego decir que el alma no existe, que sólo somos átomos, lechugas desordenadas, o perros sazonados con otra disposición atómica. ¡Y no dudo que seáis eso, vosotros que lo afirmáis!
Pero yo siento un dolor en el pecho y el pecho no me duele. Miro por la ventana, veo que ha anochecido y compruebo que la noche es oscura. No como vosotros lo entendéis. La oscuridad de la noche que contemplo es una oscuridad terrible. Es la oscuridad fría y tenebrosa de los corazones aislados. Y vosotros no lo entendéis. Es la oscuridad que supone haber visto lo más hermoso del mundo... y no poder volver a verlo. Pero vosotros ¿qué podríais saber, si sólo sois una disposición casual en el ordenamiento de los electrones, protones y neutrones? Si conocierais lo bello y sublime de este mundo, sabríais que tenéis alma. Pero no lo conocéis y esa es vuestra maldición.
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Poesía
Silencio en la oficina
Silencio. Apenas ruidos de teclados y ratones, o manos que se frotan. Rostros pensativos mirando pantallas de ordenador. De fondo un zumbido. ¿Aire acondicionado? Tal vez sea eso.
Seis personas en el mismo despacho, separadas por mamparas de apenas metro y medio, que se alzan por entre las mesas.
No hay ventanas. O sí. Lo que ocurre es que todas las ventanas dan a otros despachos, ninguna a la calle. Por eso azules persianas están bajadas. ¿Hace sol en el mundo? ¿Llueve, nieva…? No se sabe.
Junto a una mampara hay una botellita de plástico vacía, con el tapón rojo bien cerrado. No muy lejos, un teléfono. Más allá otro. Y en diferente puesto un refresco en lata, junto al teclado. Hay bolígrafos, lápices, imperdibles, calendarios… un póster, levemente rajado por abajo, de un paraíso remoto y soleado: la imagen de un mar verde, sin olas, que alcanza una costa de palmeras.
Unas hojas pegadas a en la pared tienen escrito: “Solidaridad es compartir hasta lo necesario para vivir (Juan Pablo II)”. Hay más hojas pegadas en los cristalinos canceles: De diversos tamaños y colores, contienen horarios, calendarios, contraseñas y demás.
Apenas se mueven las manos de los seis individuos.
Hay siete ordenadores. Uno de ellos, un portátil, descansa cerrado en su maletín.
Apenas parpadean los trabajadores.
De fondo se oyen palabras de mujer. En otro despacho. En otra burbuja fuera de la realidad. ¿Y cuánta gente hay en el mundo que daría lo que fuera por poder estar así?
Seis personas en el mismo despacho, separadas por mamparas de apenas metro y medio, que se alzan por entre las mesas.
No hay ventanas. O sí. Lo que ocurre es que todas las ventanas dan a otros despachos, ninguna a la calle. Por eso azules persianas están bajadas. ¿Hace sol en el mundo? ¿Llueve, nieva…? No se sabe.
Junto a una mampara hay una botellita de plástico vacía, con el tapón rojo bien cerrado. No muy lejos, un teléfono. Más allá otro. Y en diferente puesto un refresco en lata, junto al teclado. Hay bolígrafos, lápices, imperdibles, calendarios… un póster, levemente rajado por abajo, de un paraíso remoto y soleado: la imagen de un mar verde, sin olas, que alcanza una costa de palmeras.
Unas hojas pegadas a en la pared tienen escrito: “Solidaridad es compartir hasta lo necesario para vivir (Juan Pablo II)”. Hay más hojas pegadas en los cristalinos canceles: De diversos tamaños y colores, contienen horarios, calendarios, contraseñas y demás.
Apenas se mueven las manos de los seis individuos.
Hay siete ordenadores. Uno de ellos, un portátil, descansa cerrado en su maletín.
Apenas parpadean los trabajadores.
De fondo se oyen palabras de mujer. En otro despacho. En otra burbuja fuera de la realidad. ¿Y cuánta gente hay en el mundo que daría lo que fuera por poder estar así?
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Cuadros
sábado, 21 de noviembre de 2009
Elegir el camino
Elegir el camino... No es fácil para el viajero ponerse en marcha.
Saber que hay que soltar lastre para volar.
Saber que hay que dejar atrás seres amados... que un día se enfrentarán a ti.
Pero el camino ha de ser elegido... y se elige, tarde o temprano.
Oscura noche en la que se prepara el equipaje y se descarta lo que no cabe...
En la que se mira a ojos que no vendrán...
“El amanecer me sorprenderá andando.”
El camino espera, el camino llama, el camino urge.
Cierra los ojos viajero y respira hondo... ¡ponte en marcha!
Viajero...
Si no eliges el camino, otros lo harán por ti... y caminarás por tierras áridas, hacia ninguna parte, sin sentido, sin saber por qué...
El camino espera...
Te esperan compañeros de viaje... Son amigos... “Pero ¿y los que no vienen?”
No les puedes obligar. Eligieron no elegir...
“Miro al cielo mañanero y un soplo de frío aire me acaricia...
Y marcho con los amigos,
dejando atrás seres queridos
que eligieron no elegir.
Eligieron ser enemigos,
Señor, ¿qué será de mí?...”
Pero haz de tripas corazón, viajero y ¡viaja!
La vida no espera, el tiempo pasa.
Los que te finarán ya afilan cuchillos...
y no son rostros desconocidos.
Pero marcha viajero.
Ellos saldrán a tu encuentro.
Y querrán frenarte.
Da otro paso. Sigue adelante, viajero, viajas entre amigos...
“¿Y el dolor por los que no vienen conmigo?”
Ellos eligieron y no vendrán...
Tú, camina. Camina decidido, sin mirar atrás.
El horizonte espera.
Camina, por el camino de la Verdad.
Camina, viajero...
Camina, sin mirar atrás.
Hay que soltar lastre para poder volar.
Saber que hay que soltar lastre para volar.
Saber que hay que dejar atrás seres amados... que un día se enfrentarán a ti.
Pero el camino ha de ser elegido... y se elige, tarde o temprano.
Oscura noche en la que se prepara el equipaje y se descarta lo que no cabe...
En la que se mira a ojos que no vendrán...
“El amanecer me sorprenderá andando.”
El camino espera, el camino llama, el camino urge.
Cierra los ojos viajero y respira hondo... ¡ponte en marcha!
Viajero...
Si no eliges el camino, otros lo harán por ti... y caminarás por tierras áridas, hacia ninguna parte, sin sentido, sin saber por qué...
El camino espera...
Te esperan compañeros de viaje... Son amigos... “Pero ¿y los que no vienen?”
No les puedes obligar. Eligieron no elegir...
“Miro al cielo mañanero y un soplo de frío aire me acaricia...
Y marcho con los amigos,
dejando atrás seres queridos
que eligieron no elegir.
Eligieron ser enemigos,
Señor, ¿qué será de mí?...”
Pero haz de tripas corazón, viajero y ¡viaja!
La vida no espera, el tiempo pasa.
Los que te finarán ya afilan cuchillos...
y no son rostros desconocidos.
Pero marcha viajero.
Ellos saldrán a tu encuentro.
Y querrán frenarte.
Da otro paso. Sigue adelante, viajero, viajas entre amigos...
“¿Y el dolor por los que no vienen conmigo?”
Ellos eligieron y no vendrán...
Tú, camina. Camina decidido, sin mirar atrás.
El horizonte espera.
Camina, por el camino de la Verdad.
Camina, viajero...
Camina, sin mirar atrás.
Hay que soltar lastre para poder volar.
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